He aquí un sitio que quería crear desde hace mucho tiempo. Mi nombre es Marcelo Metayer, soy periodista, fotógrafo, viajero, curioso. Y Alpa Corral es el lugar de Córdoba adonde me han llevado, primero la costumbre y después y para siempre el corazón.
Voy a contar de a poco las historias de mis viajes al más lindo pueblo del sur cordobés.
Comienzo con mis viajes de 2007, tomados de mi blog El Navegante Solitario.
Un abrazo a todos.

Este es mi primer post en El Navegante Solitario sobre Alpa Corral. Fue publicado el 23 de enero de 2007.
Y llegó el momento de volver. Y llegó el momento de escribir. Y aquí estoy, sentado frente a la computadora, con más imágenes en la memoria de las que seguramente podré manejar, tratando de alguna manera de contar lo incontable, de transformar un perfume o un sonido en estas letras.
Tengo la intención de dividir el relato en seis partes, cada una correspondiendo a un día del viaje. (El séptimo día, volví a casa y descansé). No prometo continuidad absoluta, es decir, no tengan la seguridad de que mañana estará en Internet la segunda parte. Pero todo se irá completando.
Pongo a calentar la pava y sigo.
***
El viaje había comenzado mucho antes de la hora convenida. Es decir: el micro desde Retiro partía a las 23.10 del 8 de enero, pero yo estuve viajando todo ese día.
El viaje comenzó temprano: almorzamos con Juan y Laura en La Trattoría, un excelente restaurant de La Plata en el que nunca había entrado. Tras despedirnos, fui a tomar el colectivo hacia City Bell. Mientras lo esperaba, recibí un mensaje de Eli en el celular: Alpacorral está inundado… Al llegar a Cantilo y Centenario me metí en un ciber a corroborar esos datos y sí, las lluvias habían provocado cortes en las rutas y problemas en toda la zona.
Ya había sacado el boleto un mes antes, de modo que no podía retroceder. Era el momento y no había vuelta atrás.
Fui a buscar a Abril. Anabela, la hermana de Carina, nos llevó hasta la parada del Costera Criolla que nos dejaría en Retiro. Eran las siete y pico de la tarde.
A las nueve estábamos allá. Comimos panchos, tomamos Coca Cola, leímos algunas revistas y, sobre todo, caminamos con las valijas por toda la terminal, para no aburrirnos.

23.15, ya estábamos andando.
Me encanta viajar; me encanta utilizar el micro como plataforma desde donde tomar fotos. Ese estilo fotográfico no es fácil: hay que estar bien atento, ya que muchos temas llegan y se van a 90 kilómetros por hora, de modo que es preciso saber anticiparse.

Este es nuestro primer amanecer en Córdoba. Siete menos cuarto de la mañana, en alguna parte cerca de la frontera con Santa Fe.

Aby, dormida.


La terminal de algún pueblo.

Otra imagen del amanecer.

Llegamos a Canals. Allí debieron desviar el colectivo, porque la ruta 8 estaba intransitable. Doblamos hacia el norte, hasta empalmar la ruta provincial 11. Hicimos un tramo hasta Chazón, y bajamos otra vez hasta La Carlota.

El tramo en verde es sobre la ruta 8. El tramo en azul es el que tuvimos que hacer obligados por la inundación. En total, el desvío fue de unos 90 kilómetros.

Orillas de un río desconocido, o tal vez campos de soja inundados.


La Carlota estaba cubierta de barro. Mucha gente debió ser evacuada.


El río Cuarto, habitualmente una mansa y chata corriente de agua, se embraveció con las lluvias (las más abundantes, en la zona serrana, desde los años ‘80) y se derramó por las orillas bajas como un dios vengativo.

Por fin, después de 12 horas de un viaje que debió haber durado 9, llegamos a la terminal de Río Cuarto. Supuestamente mi primo Roberto iba a ir a buscarnos, pero se cansó de esperar, y además tenía sus obligaciones. De modo que un taxi nos dejó en la casa de mi tío. Este es el frente.

Casi enfrente de la casa del tío Nano hay una plaza, a la que íbamos a jugar esos largos, calurosos y polvorientos veranos de mi infancia, hasta que tuve 11 años. El símbolo de esa plaza es la iglesia de San Cayetano, donde mi tía (que falleció en el 2001) trabajaba como misionera. El edificio de la iglesia me parecía raro cuando era chico, y me parece extraordinario ahora que dicen que soy grande. La arquitectura de los ‘60 a pleno.

Otro plano de una esquina del edificio.

Abril, jugando en la plaza. Los ciclos se repiten, y la sangre llama a la sangre. Mis hijos visitan mis lugares.

Luego de almorzar y dormir una breve siesta, le propuse a Abril salir a caminar un poco. Fue difícil: hacía muchísimo calor y la presión (según averigüé más tarde) era inusualmente baja, unos 950 hP, cuando lo normal son 1013. Mi miedo era que apareciera otra tormenta. Estas nubes me lo presagiaban.
Más tarde fuimos al centro de la ciudad, sobre todo porque necesitaba pasar por un banco. Sólo estuvimos un rato, ya que el tío nos esperaba con un asado.

Acá está Abril y, de fondo y muy tenue, la Catedral.

Durante el asado, la nueva pareja de mi tío, Marta, nos había dicho que no era muy seguro viajar, ya que había tormentas anunciadas, además de un alerta meteorológico. Decidí ir igual, si el camino estaba abierto, claro.
Éste es mi primo, en el garage/quincho donde comimos, cuando ya todo había terminado.

La esquina de Dinkeldein y Quenon, a la madrugada, mientras con Roberto nos habíamos sentado en la vereda con una botella vino, disfrutando el fresco. Quién estuviera ahí sentado, y al otro día tomara el micro hacia Alpa Corral.